Érase una vez un príncipe que no era de carne y hueso, sino de tinta y agujeros. Un príncipe que en lugar de rescatar a su princesa, la encerraba. Un príncipe que no tenía caballo, ni ropas, ni letras, ni corona.
Pasaron dos largos años en los que la princesa sabía que él era su príncipe, no por las apariencias, claro está, sino por todo lo que le decía en sus cartas.
Sin embargo, tras este tiempo, y en vistas de que su príncipe nunca llegaba, le pidió una muestra de amor que le permitiera esperarle aún más.
El príncipe dijo que le daba miedo regalarle una rosa por si se pinchaba con las espinas. Le dijo que no se atrevía a sacarla de la torre por si el dragón se enfadaba. También dijo que no se atrevía a besarla por si en vez de despertar, la envenenaba del todo. Habló también de que ella era de mayor linaje que él, con más tierras y riquezas, y que no lo soportaría.
Mencionó, del mismo modo, que la torre de la princesa estaba muy lejos de su castillo, y que sin un caballo no podía llegar hasta allí.
Al principio, la princesa le creyó porque tenía fe absoluta en él, pero, al tiempo, entristeció y le preguntó que por qué no iba caminando. Él respondió que le daba miedo lo que pudiera encontrar en el difícil camino.
Pasaron dos largos años en los que la princesa sabía que él era su príncipe, no por las apariencias, claro está, sino por todo lo que le decía en sus cartas.
Sin embargo, tras este tiempo, y en vistas de que su príncipe nunca llegaba, le pidió una muestra de amor que le permitiera esperarle aún más.
El príncipe dijo que le daba miedo regalarle una rosa por si se pinchaba con las espinas. Le dijo que no se atrevía a sacarla de la torre por si el dragón se enfadaba. También dijo que no se atrevía a besarla por si en vez de despertar, la envenenaba del todo. Habló también de que ella era de mayor linaje que él, con más tierras y riquezas, y que no lo soportaría.
Mencionó, del mismo modo, que la torre de la princesa estaba muy lejos de su castillo, y que sin un caballo no podía llegar hasta allí.
Al principio, la princesa le creyó porque tenía fe absoluta en él, pero, al tiempo, entristeció y le preguntó que por qué no iba caminando. Él respondió que le daba miedo lo que pudiera encontrar en el difícil camino.
Cansada de su soledad, la princesa, entabló amistad con un lugareño que veraneaba por allí, al sur. Éste escaló la torre porque sabía de esas cosas y no necesitó ayuda de nadie. Además, a diferencia del príncipe, le regaló cosas que nunca podrían marchitar. Le ofreció la fuente de la juventud, en forma de bebida afrodisiaca. Le bañó en el mar de sus ojos. Le abrazó y nunca más la soltó.
La princesa decidió no esperar más al príncipe y cambiar su país lejano y frío, muy al norte, y por las bonitas y cálidas tierras del sur.
Y así fue como el príncipe se ahogó en sus propios agujeros con tinta mientras la princesa escalaba hacia el cielo con su amor que nunca pondría final a las palabras de su historia.
La princesa decidió no esperar más al príncipe y cambiar su país lejano y frío, muy al norte, y por las bonitas y cálidas tierras del sur.
Y así fue como el príncipe se ahogó en sus propios agujeros con tinta mientras la princesa escalaba hacia el cielo con su amor que nunca pondría final a las palabras de su historia.
